


Como comentábamos antes, la vuelta fue durilla aunque sostenible. Como lo hicimos con cierta progresión, levantamos una pequeña nube de polvo que en garganta y bronquios dejaba un cierto sabor a campo y una necesidad imperiosa de agua, aunque solo fuera para aclararse la hormigonera que tenía por boca. Los estiramientos finales fueron reconfortantes. Hacía tiempo que los dedos de manos y pies no se fundían en un abrazo tan largo, pareciendo más un programa de reencuentros de sobremesa que un intento de reabsorción del lactato por parte de nuestros fatigados músculos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario